Hola mis lectores:
La semana pasada tuve la fortuna de apoyar a mi amiga Marcela Zamora en su documental "Espejo roto", mi apoyo ella lo tiene y lo sabe y consiste en siempre ir a verla y promover dentro de mis limitados medios su gran trabajo. El documental rebaso mis expectativas, por todo, desde la realidad que queremos esconder muchos salvadoreños, ya que evitamos, escondemos, lo que los periódicos tan horriblemente nos cuentan y creamos una vida lejos de todo problema, de toda cotidianidad; y obvio, eso es muy fácil, ya que nosotros vivimos en una zona de confort, en donde creemos que tenemos problemas, y al final de cuentas, los verdaderos problemas son otros.
Marcela junto a una gran actriz de teatro Egly Larreynaga, filman a un grupo de niños donde Egly les esta dando un taller de teatro, y ahí muestran la vida de esos niños, la zona donde viven, como rozan la muerte día con día, como muchos de ellos no tienen padre o madre, como su cotidianidad se ve reflejada con las maras. Marcela cuando presento el documental dijo algo tan cierto, "ellos son la mayoría y nosotros la minoría".
Mi crónica empieza desde que salí de mi casa al teatro a ver el documental. El teatro nacional salvadoreño es una joya en el centro de nuestra ciudad, es bellísimo, en ese lugar pareciera que entramos a otro mundo, a otra realidad; lo triste es que la llegada es complicada, ya que salís de tu casa, al centro de la ciudad, donde uno esperaría ver lo mejor de la misma, pero uno se encuentra el reino de los buseros, donde les tenes que dar permiso para pasar o se llevan tu carro arrastrado, donde la basura esta expuesta y donde el paso es limitado por la cantidad de vendedores ambulantes que hay, donde además los lugares están plagados de otros vendedores que tapan la belleza de edificios que tienen décadas ahí, esperando ser admirados o al menos reconocidos, y que lamentablemente su día es eso, lidiar con el hambre de salvadoreños que lo que hacen es trabajar; lo difícil para mi fue darme cuenta, como he olvidado que vivimos en un país de tercer mundo, y como el palacio nacional, la biblioteca nacional y todo el centro histórico de San Salvador llora desconsoladamente el panorama que les narro.
Sin embargo, todo valió la pena al llegar al teatro y ver que estaba a reventar, me sentí orgullosa de Marcela y de Egly y de todas las personas que hicieron posible el proyecto, se me salieron las lágrimas al ver esos niños, el ver como yo misma vivo en San Salvador, pero en el mío, en el inventado, donde tengo mis rutas, mi rutina, donde los asaltos están hasta cierto punto lejos de mi, donde no veo mareros, donde no tomo el bus, donde la basura esta en su lugar y donde los buseros no tienen tanto poder.
Yo aun no soy madre, pero al ver que esos niños tan pequeños se encuentran día a día en una realidad tan cruda, sentí que vivía en un país que ha sido golpeado por tantas cosas, y el resultado ha sido demasiado duro, el castigo a un país trabajador, luchador, es mucho para la inocencia de un país que clama paz, seguridad, educación, sonrisas y una vida mejor.
Al final, Marcela me hizo reflexionar, y cambie mi chip a un El Salvador que en vez de quejarme o maldecirlo, tratare de ayudar, donde todos tenemos mucho que aportar, por favor analicemos en que podemos cambiar y ayudar, desde tener educación vial, contribuir con víveres, ropa, comida o lo que podamos a la gente que nos necesita, apoyar al artista nacional, sonreír, etc y poder juntos construir un El Salvador en paz, un El Salvador solidario y un El Salvador con el que soñamos.
Abrazos y nos estamos leyendo.
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